martes, mayo 1

Será

Cuántas cosas hacemos para superar la muerte. La muerte del otro.
Cuántos atropellos a la memoria y a la razón conocida, hasta que conocemos la muerte del otro.
Cuántos juegos de niños se vuelven realidad cuando el otro, de verdad, deja de aparecer. O reaparecer.
Parece que jugáramos a las escondidas contando números hasta el infinito; parece que aguantar la respiración abajo del agua, de alguna forma, se nos haya ido de las manos.
Y todo parece ser, y no es.
Cuántos desasosiegos, uno atrás del otro, que parecen nunca resolverse. Cuando encontramos un por qué, lo dejamos ir. Y nos ponemos en búsqueda de otro. Porque es más simple así. De esa manera pareciera que en el proceso nos fuéramos alejando del objeto. O del sujeto.
Cuántas iras y angustias dispersas en una atmósfera que, aunque no queramos aceptar, los que nos rodean ya han transitado y respirado. Pero no podemos tolerar que sea igual a la de nosotros. No, no podemos tolerarlo porque de esa manera nuestra pérdida y dolor estarían, de repente, en una misma escala a las pérdidas y dolores de los demás. El hombre busca ser superior a los demás hombres hasta en esto. En los duelos a veces uno, en la capa más superficial de nuestros adentros, busca sentirse incomprendido.
Que nuestro dolor pueda simplemente asemejarse un poco al dolor del otro, quitaría poder al nuestro. De esa manera, en realidad, tal vez por descarte nuestro dolor comenzaría a cesar. Porque también nos liberamos del dolor cuando lo compartimos. Pero el compartir le quita especificidad. Y yo no quiero llorar por la ausencia de un otro con el cual nunca me vi a los ojos, por ejemplo. Tal vez es el tiempo que pasó que me hace temer una confusión. Entre vos y otro ser cualquiera.
No me lo podría perdonar.
Así inicia y “termina” un círculo infinito.
Cuántos esfuerzos por traer a la mente un aroma o un sonido.
Cuántas decepciones al buscar en algo, otro algo que ya no va a estar.
Cuando en el tren alguien gira bruscamente su cabeza como buscando algo, pienso que tal vez confundió la voz de alguien con la de su persona ausente.
Yo he visto cabellos similares a los de mis personas ausentes.
También he escuchado los mismos dichos, repetirse como ecos entre tantas voces que nunca serán o fueron la tuya.
También busqué tu ropa. No la encontré en otros pero si en mi hogar. Quise usarla hasta que algo de eso se me “pegue”; algo de eso se adhiera a mi y yo pueda aprehenderlo. Para llevarlo conmigo toda la vida y quien sabe si más.
Pero llorarte me dio mucho sueño y me dormí.
Pero soñé.
Y soñé con el día en el cual tenga que dejar de preguntarle a los demás sobre vos o tus tareas. Sobre tus características y tus formas. Y apareció una puerta, de esas que giran y tenes que meterte rápido en uno de los “cubiculos” que se forman. Pero cuando me metí, no giraba. Pesaba mucho. Y pensé en todo lo que nos pesa ver una realidad.

lunes, diciembre 11

Vuelvo infinito vuelo infinito

Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de hacer concreto el tiempo en que pasa esto que me pasa. Añadiduras varias; remiendes y golpes secos, bajos. Cimientos a medio hacer esperando que al día siguiente nos encontremos acá una vez más, debatiendo del paso de ese tiempo que ya pasó pero que vive.
(5, 6, 7, 8) vive en cada partícula de carbono que nos compone y permite nuestro funcionamiento. Por eso nosotros vivimos y damos lugar.
A veces siento que sé mucho de todo y a veces me encuentro sola en todo eso que se. Hay un placer escondido en el saber que no puedo compartir con-quién-sea. En-donde-sea.
Intuyo y solicito a la memoria se haga explícito el hecho puntual en donde decidí ser parte de.
Y cuando creo que todo tiene final las palabras me brotan de nuevo como las gotas de lluvia quedan prendidas a las hojas después de la tormenta.
Y no importa el paso del tiempo, del hombre y de sus máquinas; importa que viven allí. Y una empujará a la otra y se harán una más grande. Las situaciones actuales cada vez son menos precisas y platiqué mucho con alguien sintiéndonos inciertos y con una huida despavorida latente de todo lo que nos sometía en ese momento.
Día a día atravieso más paneles de mi interior que tenia como desconocidos. Ese es el placer escondido del saber.


Después reflexioné que todas las cosas
que suceden a uno suceden
precisamente, precisamente ahora.
Siglos de siglos y solo en el presente
ocurren los hechos;
innumerables hombres en el aire,
en la tierra y el mar,
y todo lo que realmente pasa me pasa a mí.

jueves, octubre 26

Hoy me acordé, de repente, de cuando era pequeña y revisaba todo lo que había en casa. No recuerdo orden en casa, también. (O tampoco?)
Me acordé cuando encontraba discos de mis viejos. Por ejemplo “Fito Páez: del 63’”. Si, se escuchaba Fito en casa. También sumo. También The Doors y los Rolling Stones.
Me contaron que los vi desde la panza de mamá cuando ella estaba embarazada. Bueno y pensé, bastante para variar, ya que no puedo tomarme ningún tema a la ligera en mi memoria.
Hoy fue un día particular. Pero en si todos los días son particulares.
Esas ambigüedades me vuelven loca (por suerte, figurativamente).
Giros.

martes, octubre 3

Te quiero todo. Entero. Que tengas toda la calidez de este mundo. Que te abracen los cielos de todos los mundos. Te quiero encontrar el día que todo termine. De despertar ágilmente y preciso. Es todo lo que necesito para seguir. Llevas todos los colores en tu caminar, todas las melodías en tu danzar, la espera de encontrar el otro lado. Me Sueño en un mundo de algodón. Si te hundís soplo y te volves a levantar. Baila conmigo en el espiral, sobre el espejo.

viernes, septiembre 29

Tengo 16 de nuevo

La decoración en luces elegida esa primavera eran una especie de cortinas. Las que hacían en las caricaturas de Tom & Jerry, que se amarran a mitad de camino, y en la mitad alta de forma una dulce "panza" del efecto de la misma tela. Así eran, pero de luces. A mí todo me daba vueltas; me parecía que había mucha gente, mucho ruido. Camine hacia mi diagonal izquierda siguiendo tus instrucciones. Confié mucho en vos. Llegué al bar; había una chica africana atendiendo el primer sector. Vendían helados que parecían buenos. Yo no tenía conciencia acerca del horario que era, así que decidí preguntarle a qué hora cerraban. Me respondió que a las 12, y eran las 23:50 (decía mi celular) Nosotros habíamos dejado de hablar por mensaje hace bastante rato, ya. Aunque te había visto hace tres lunes atrás, se me hacías confundible entre los demás. Perdóname por ésto. Pero de repente, llegaste igual. Tenías algo de aroma a alcohol, pero yo no tenía ganas de analizar. Para ese entonces lo que sea que había consumido sin querer, ya había afectado parte de mi memoria de corto plazo, por lo tanto olvidé cómo llegaste a mi. Y así como si estuviese dispuesto, me tomaste de la mano y me llevaste. Ambos sabemos que Callao está llena de baldosas flojas, rotas, curtidas por el paso de los hombres. Trastabille una sola vez, pero nunca me soltaste. Ahora sí: no recuerdo cómo llegué hasta ahí. Me dijiste que tenía los ojos un poco raros. Los tuyos estaban igual de relajados que siempre. Y profundos y dulces. Tenias tus libros de George Orwell y David Lynch sobre la mesita de luz. Me dijiste: "éste tiene palabras difíciles que me molestan", y sonaste aniñado. Pero eso no era extraño. Así que me levanté como pude y te traje mi libro: The catcher in the rye". "Cómo se pronuncia rye? /rai/?". Te dije que leamos la parte de los diálogos en ese libro. Que vos eras el profesor y yo el alumno. "Old Spencer was a good man. I said to my mother tha" "Mader? Madoh? Pará, lo leemos como ingleses?". Si hubiese tenido más fuerza y amor a mi misma te hubiese besado la frente. Y así estuvimos hasta que nos aburrimos de eso. Pero me dijiste que ibas a dormir al living. Yo quería que duermas conmigo y apenas te conocía. Apenas conocía tu 8vo piso en nuestra enorme Buenos Aires. Podría haber sido cualquier otro edificio, con cualquier otro piso y letra, con cualquier otro contrafrente, refugio de cualquier otro chico común que no seas vos. Pero no, eras vos. Y me gustaba tanto tu nombre. Tarareé algo en el entretiempo que nos dimos para elegir cómo dormir y me diste un beso. Despacito como lo despacio que se mueve un caracol. Pero más lindo que un loop del Sol saliendo. Y no, no hicimos más que eso. Soñar despiertos, confundidos, locos, dándonos un beso y mitad de otro del anterior.